¿Y cómo vas con la competencia? Texto de Ariel Martínez

¿Y cómo vas con la competencia? Texto de Ariel Martínez
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¿Y cómo vas con la competencia? Por Ariel Martínez 
        
Mi reacción inmediata a esta pregunta constante es  una sonrisa, y recordar lo que les digo a veces a mis compañeros  y equipo del grupo de Teatro Moliére, “cada obra de arte es única e insustituible; si quieren competir, vendan cremas para la cara o zapatos, no escriban libros, no hagan teatro  ni intenten hacer arte”.

 Desde antes de que se pusiera de moda, en el seno del consumismo a ultranza de la sociedad capitalista, la palabra “competencia” siempre me resultó tan sospechosa como infantil, pueril, superficial, producto de un anhelo por despojar al otro de su suerte para que el despojador sea el “único” o uno de los “pocos”. 

En suma, me ha parecido que tal palabreja denota cierta inseguridad, cuando no, envidia y resentimiento, una suerte de subdesarrollo mental según el cual la cantidad (de público, de dinero, escenografía, vestuario, de éxito o de lo que sea) no es un simple medio para difundir la calidad de la obra, sino un fin en sí mismo. 

Hoy nuestros políticos demócratas compiten porque en el fondo son negociantes: les interesa la cantidad y no la calidad. La figura del servidor público se ha reducido a frases retóricas en los discursos (palabrería). Y si antes hubo escritores o artistas que “compitieron”, en realidad se trató de cuestiones más personales que estéticas.

Cada gusto es producto de una educación muy particular, de un proyecto interior, de un deseo que monopoliza porque traza una dirección contundente. Incluso si los temas de dos o más obras son iguales o semejantes, no lo serán ni el tratamiento de contenidos ni el estilo en todas sus acepciones. Cada libro tiene sus lectores; cada obra de arte posee su público, y cada lector tiene sus libros, y ese conjunto puede y debe enriquecerse.

 A un artista sólo puede exigírsele el dominio de una o diversas técnicas. Si hablamos de esquemas que se repiten una y otra vez, nos salimos del terreno del arte para entrar en el de la artesanía, sin importar que se produzca de modo industrial o manual, pero aun en las obras artesanales (novelas enlatadas, canciones enlatadas, “machotes” narrativos y personajes), cada obra es única porque algunas variantes tendrá respecto de las demás, aunque los esquemas sean parecidos.


Un artista debería desear colegas, camaradas y cómplices: un público que se haga cómplice de su obra, como lo deseaban autores como García Ponce, y no ridículos competidores.

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